Traducido por Pepe Latorre
Cuando Jhostynxon García saltó al campo con la casaca de los Red Sox el pasado septiembre se convirtió en el jugador número 500 nacido en Venezuela en participar en un partido de las Grandes Ligas en Estados Unidos. En los últimos cinco años ha habido un promedio de 15 debuts de venezolanos por temporada, así que, si no hay una interrupción en el patrón, estamos a dos años de que haya habido un jugador venezolano por cada año desde la llegada de los primeros europeos a lo que se conoció como la “Pequeña Venecia”. Cristóbal Colón pisó por primera vez la Sudamérica continental en 1498. Venezuela es una parte fundamental de la historia y la vitalidad moderna del béisbol estadounidense. El béisbol ya no es el deporte estrella de Estados Unidos, pero está muy arraigado y es igualmente importante en cinco lugares: Puerto Rico (una colonia estadounidense), República Dominicana, Cuba, Japón y Venezuela. Sin ninguno de estos lugares el deporte estaría en grave peligro. Cada uno ha contribuido enormemente a la cultura del deporte y el talento de sus peloteros ha contribuido a llevar al béisbol a ser lo que es en el siglo XXI.
Es por eso que resulta sorprendente que solo haya un venezolano en el Salón de la Fama: Luis Aparicio, el prototipo del parador en corto venezolano. Durante mucho tiempo fue prácticamente lo único que Venezuela exportó a Estados Unidos en lo que al béisbol se refiere. Aparicio siguió los pasos del pionero Chico Carrasquel, y durante varios años los dos únicos compatriotas destacados que tuvo fueron los jardineros Vic Davalillo y César Tovar. Entonces llegó Dave Concepción, el primero de una serie de jugadores con argumentos para ser inducidos a Cooperstown, pero que nunca lo lograron. El primer toletero venezolano con verdadera potencia fue Tony Armas, que no debutó hasta mediados de la década de 1970. El segundo fue Andrés Galarraga, cuyo auge llegó a finales de la década de 1990. En las décadas posteriores a su llegada a la liga, los venezolanos fueron casi exclusivamente jugadores de rol: grandes defensores con algo de bateo de contacto. Debemos esperar casi hasta el siglo XXI para ver a los primeras estrellas venezolanas en los campos de la MLB.
Es por eso que para muchos resulta absurdo que Bobby Abreu haya tenido que esperar tanto para convertirse en el primer compatriota de Aparicio en el Salón de la Fama. Tampoco lo logrará este año. Incluso en una clase sorprendentemente débil de nuevos candidatos y con la lista más floja en dos décadas, Abreu solo destaca lo suficiente como para obtener 10 votos más que en el año anterior (según el Rastreador de votos al Salón de la Fama de Ryan Thibodaux). Parece que Abreu tendrá dificultades incluso para alcanzar el 30% de apoyo de los votantes de la BBWAA, aunque esto ya es un avance. Estuvo por debajo del 20% en cada uno de sus primeros seis años en la lista.
Es importante (y difícil) restarle importancia a los deslumbrantes números ofensivos de Abreu, ya que jugó en el apogeo de la era de doble expansión y ofensiva de finales de los años 90 y principios de los 2000. Además de 288 cuadrangulares conectó 574 dobles. Recibió 1,476 bases por bolas, incluyendo 100 o más en ocho temporadas consecutivas al comienzo de su carrera como pelotero titular. Aportó potencia y velocidad. Jugó una buena defensa en la primera mitad de su carrera. Un dato curioso es que la capacidad de embasado fue la que finalmente llevó a Tim Raines al Salón de la Fama. Pues bien, Abreu se embasó más veces en menos apariciones al plato que Raines.
Abreu asestó el golpe final a los estereotipos de los venezolanos en las Grandes Ligas, allanando el camino para varias generaciones de jugadores mucho más dinámicos desde entonces. El año después de su debut llegó Magglio Ordoñez. En 1998 llegaron el campocorto Álex González y un adelantado a su tiempo, Carlos Guillén, que era como una navaja suiza. En 1999 llegó Freddy García, el primer venezolano que pasaría un tiempo significativo como un gran abridor en las Grandes Ligas estadounidenses. Poco después llegaron Carlos Zambrano y Johan Santana, y unos años más tarde el hombre con más probabilidades de ser el primer lanzador venezolano en ser exaltado a Cooperstown, Félix Hernández. Este es el segundo año de Hernández en la lista, y ya parece que podría superar el 50% de los votos cuando se cuente todo. Esos dos jugadores fueron los pilares del gran éxito de los venezolanos en las Grandes Ligas: los puntos finales de una irrupción que dejó una brecha lo suficientemente grande como para que una gama mucho más amplia de jugadores la recorriera desde entonces. El número de venezolanos que triunfaron en Estados Unidos casi se duplicó en los poco menos de nueve años que transcurrieron entre el debut de Abreu y el de Hernández. En lugar de limitarse a un solo tipo de jugador o persona, o provenir de una sola parte del país, los jugadores ahora salen de Venezuela y llegan a las Grandes Ligas de diversas maneras cada año. Miguel Cabrera será miembro del Salón de la Fama en su primera votación, y José Altuve y Ronald Acuña Jr. seguirán su ejemplo algún día.
El país se ha convertido en una cantera de receptores de la misma manera en que lo fue (y a veces todavía lo es) de campocortos. Antes del cambio de siglo solo había dos o tres receptores venezolanos notables, pero que priorizaban la ofensiva, como Ramón Hernández o Víctor Martínez, eso cambió rápidamente. Miguel Montero y Francisco Cervelli lideraron una generación más equilibrada de genios detrás del plato. Luego llegaron Wilson Ramos, Salvador Pérez y los hermanos Contreras. Ahora Venezuela es tanto un país de receptores como de paradores en corto. Además con la profusión de figuras destacadas que han surgido en las últimas dos décadas es también un país de lanzadores, receptores y campocortos. Con Acuña y Jackson Chourio a la cabeza, es tanto un país de jardineros atléticos y extraordinarios como de lanzadores, receptores y paradores en corto. Desde un comienzo limitado y unidimensional, Venezuela se ha forjado un nicho en el béisbol estadounidense. Sin los venezolanos, las Grandes Ligas, tal como las conocemos ahora, serían irreconocibles.
Thank you for reading
This is a free article. If you enjoyed it, consider subscribing to Baseball Prospectus. Subscriptions support ongoing public baseball research and analysis in an increasingly proprietary environment.
Subscribe now






















